en una aciaga noche de tormento infernal.
Fue mi cuerpo un desmedido surco sementero
do célere la raíz se cuajó de tanto mal.
De mis tetas primerizas leche venenosa
manó en la ingenua juventud del enamorar.
Consentí por indecisa la vida gozosa
mas de dolor infecta que no pude aguantar.
Mi sexo impuro desdobló su velada puerta
y una criatura maligna a este mundo parió.
Fueron vagidos de un nacido para una muerta,
desde entonces para mi la dicha no existió.
Nació un hijo avieso de mis entrañas recientes
sin un pedacito siquiera de corazón,
con la mirada del demonio para las gentes
y sin esperanza, para mí, de redención.
Mi cuerpo marchitose en el incisivo olvido
sin un minúsculo deseo de joven mujer.
Enranciose mi sexo y permaneció prohibido
para los ideales que nos propone el placer.
Morí en la vida mucho más que en la justa muerte
do mi hijo revivió para su insaciable sed.
¿Qué dios de bondad infinita en las almas vierte
tanto rencor e impasible le dice: “¡Creced!”?
Quedose el alma ingenua trémula y dolorida
para una nueva vida que de mi carne di.
Fue mía la culpa por confiar en vulva atrevida
y en misógino sembrador que se atrevió allí.
Ya nada me queda sino un recuerdo lesivo,
un engendro que nunca consintiera parir.
Un mal hijo, mujeriego, sacrílego y esquivo,
cruz inmerecida de mi perpetuo sufrir.
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