Quisiera exonerarme del remordimiento que me supone el haber nacido quizás un poco poeta, quizás un mucho solitario soñador.
No pudo ser de otra manera. Bajo el caótico firmamento la incuria es más fuerte que la diligencia o el celo y nadie pudo prever mi nacimiento.
Sé que moriré sin un nombre. Me siento extraño, como un náufrago en una remota isla del océano pero bella, o la golondrina que erra el rumbo y vaga por cielos desconocidos pero todavía así gozando del viaje.
Soy de los que claman una tierra libre para una justa convivencia. Cada cual en su medio, cada cual a su gusto.
¿Qué puede hacer un poeta de pueble en la mar profanada ya su propia identidad?
El amor se compra en los lupanares. La amistad se discute. La caridad es una inversión... ¿Puedo sonreír?
¡Qué ingrato me es este momento! Los valores eternos han sido suplantados por el precipitado devaneo de un progreso cargado de presunción y defectos. ¿Debo sonreír? Es el tiempo de la carcajada nostálgica. El mundo no precisa mi existencia. Tendré que hacer un esfuerzo y convencerme de que todo podría ir peor o sumergirme en un país de silencios donde nadie es nadie.
La soledad vino a mí y en ella he desgarrado el espíritu de mi memoria para unirla después y hacerla tangible e impertérrita. Mis ojos vieron el sufrimiento, mis manos tocaron heridas supurosas y mis oídos escucharon las risas de quienes no quieren ver ni tocar.
Sonrío y mi sonrisa es un sol en los escollos epidémicos de la humanidad.
Sonrío... Al fin sonrío.
No pudo ser de otra manera. Bajo el caótico firmamento la incuria es más fuerte que la diligencia o el celo y nadie pudo prever mi nacimiento.
Sé que moriré sin un nombre. Me siento extraño, como un náufrago en una remota isla del océano pero bella, o la golondrina que erra el rumbo y vaga por cielos desconocidos pero todavía así gozando del viaje.
Soy de los que claman una tierra libre para una justa convivencia. Cada cual en su medio, cada cual a su gusto.
¿Qué puede hacer un poeta de pueble en la mar profanada ya su propia identidad?
El amor se compra en los lupanares. La amistad se discute. La caridad es una inversión... ¿Puedo sonreír?
¡Qué ingrato me es este momento! Los valores eternos han sido suplantados por el precipitado devaneo de un progreso cargado de presunción y defectos. ¿Debo sonreír? Es el tiempo de la carcajada nostálgica. El mundo no precisa mi existencia. Tendré que hacer un esfuerzo y convencerme de que todo podría ir peor o sumergirme en un país de silencios donde nadie es nadie.
La soledad vino a mí y en ella he desgarrado el espíritu de mi memoria para unirla después y hacerla tangible e impertérrita. Mis ojos vieron el sufrimiento, mis manos tocaron heridas supurosas y mis oídos escucharon las risas de quienes no quieren ver ni tocar.
Sonrío y mi sonrisa es un sol en los escollos epidémicos de la humanidad.
Sonrío... Al fin sonrío.

