jueves, octubre 16, 2008

Náyade


Una temprana mañana
de bruñida aura
y de esotérico cielo,
salí, fatuo, con mis lienzos
a pintar la madrugada.

Al pie del río me encontré
a una mujer,
atrita, fija, callada,
bella joven que saciaba
quizás con agua su sed.

- “¿Para dónde vas -me dijo-
por el camino?”
A pintar, dije, el alba,
¿Y tú, que esperas sentada
en la ribera del río?

- “Mi crepúsculo final
miro llegar”.
Si pareces aún muy niña.
- “Como la luna, mi vida
con cada noche se va.

Plasmarás sobre tus lienzos,
del firmamento
el nacimiento del día
donde morimos las ninfas
y también nuestros secretos”.

En el río, al poco rato,
soberbio y manso
como un espejo azul,
se reflejaba una luz
que se apagaba despacio.

Mi intención de pintar albas
en la mañana
con los colores del aire
se transformó en un instante
por la preciosa muchacha.

Las sombras se han encendido
y harto cautivo
entre las algas envuelta
pinté a la náyade muerta
en el regazo del río.

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