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Desde la cárcel un rumor
se extiende al éter semicelestial
como el eco de las gaviotas en el mar.
Voy mártir cosechando versos
sin otra esperanza que de coger
las orquídeas doradas que una vez soñé.
El sol refleja viejas sombras
de fantasmas, de cepos y cadenas
sobre los oxidados hierros de la celda.
¿Y qué hice que a mi alrededor
todos gritan furiosos mi gran culpa
con falsas voces que repiten lo que escuchan?
Crucé de golpe los espacios
finitos anteriores a la muerte
donde no se sabe si se vive o se muere.
Desnudo el cuerpo. ¡No soy nada!
Al mundo mi presencia alborotó,
soy un ser bueno equivocado ante Dios.
¿Pequé? Pequé. ¿Quién me condena
mientras que mi amargo llanto se ahoga
con el rumor eterno de palabras rotas?
Pequé. ¿Quién me condena? ¿Quién?
Si del mundo mis versos son pecados
¿quién no ha pecado cuando estuvo enamorado?
Sigo el camino de la muerte
y el verdugo consiente mi martirio.
- La pena de los condenados del destino -
Te amaré en la ribera ajuncada
donde el río duda su cauce torpe,
donde las aguas se apresuran tímidas
a escapar de la tiranía del hombre.
El sol improvisa entre las ramas
un inocente cortejo de rayos
luchando con las sombras indomables
de las nerviosas hojas de los árboles.
Y te amaré allí, esposa mía,
en medio de los crecidos juncales
cuando el amanecer transforme el mundo
en una bella sintonía de imágenes.
Junto al río de aguas frías y transparentes
gozaré tu desnuda piel unípara
imitando el sedoso contacto
del aire temprano con las encinas.
Las bellas florecillas de los lirios
lanzan radiantes desafíos de fiesta
para que un dios seduzca con su gracia
la lozana espesura de la tierra.
En los juncos orgullosos del río
tenderé tu joven cuerpo de madre
para llenarte de sensaciones mágicas
y entrar en ti como el temprano aire.
Esposa mía, que la ribera espesa
de juncos y florecillas del río
propicia amores de fresca presencia
y alecciona a la paz los sentidos.