lunes, noviembre 27, 2006

Abril

La primavera inundó de leche

tus venas,

tus pezones fueron maternal ansia

y fresas,

fueron inmensa vida en su boca

pequeña.

Cumpliste tus tantos sueños primeros

de hembra

atajando el dolor, el resquemor,

las penas...

Brotó la luz, irisó con colores

de estrella.

La primavera trajo vida, paz,

belleza

y transformó a la niña, antaño

risueña

en la ubicua musa, ninfa, diosa

del poeta.

La primavera hartó de orgullo

tus venas

y tu leche fue vida en su boca

inquieta.

La primavera asintió, te preñó

de fiesta.

lunes, noviembre 20, 2006

Soberbia

Diez sendas que retornan a la infancia,

diez jazmines de un

marchito vergel,

diez miradas torpes aún, diez miradas,

diez suspiros inanes de mujer.

Diez razones exhaladas al aire,

diez indiferencias de juventud.

Diez herencias, legado irremediable,

diez heridas ya que supuran pus.

Diez llantos por una infame desdicha,

diez sueños para nunca más soñar,

diez ganas, diez alegrías consumidas,

diez alientos que ido apagando se han.

Diez golpes de rabia, diez de impotencia,

diez ideales próximos al desdén,

diez, tan sólo diez, diez inciertas penas,

diez muertes injustas. Tan sólo diez.

Diez carnes rancias de una misma carne,

diez cortos abriles de un mismo abril.

Diez secretos que huyeron con la tarde,

diez falsos motivos para sufrir.

Diez albas condenadas al olvido,

diez preguntas, diez sorbos de niñez,

diez promesas, diez sombras, diez castigos,

diez caricias cedidas al placer.

Diez sonrisas que engañaron el alma,

diez demonios dentro del corazón.

Diez gritos. Luego se quedó callada.

Diez silencios... Diez. ¿Y esto es amor?

viernes, noviembre 10, 2006

San Valerio

Al fin Nerea decidió bajar a la calle y por las escaleras interiores de la lujosa casa fijó su vista en el reloj viejo de pared que el anciano Harben había traído de Suiza expresamente para su abuelo. Las agujas marcaban el medio día con una obstinada precisión; no se inmutó, sabía que el reloj llevaba así mucho tiempo, indicando la misma hora desde que un día decidió pararse para siempre, pero se le encogió el estómago al recordar los años de su infancia escuchando una a una las campanadas estridentes cuando el mazo golpeaba con dura saña el disco de latón a cada hora. El día que su madre le pegó, tenía cinco años y se colgó de las cadenas de la cuerda y con la pieza en forma de piña del final rompió el cristal. O aquel otro que le puso un chicle de fresa entre las agujas porque se sentía mal y no quería ir a la escuela; mas uno a uno los pensamientos, como los escalones iban quedando tras de ella. Sin demasiado afán descendió al vestíbulo, abrió la puerta y contempló la calle de derecha a izquierda y de siniestra a diestra con ligeros movimientos de cabeza que le produjeron cierto dolor en el cuello. La avenida estaba despejada, aún era temprano. El autobús solitario de las seis de la mañana avanzaba siniestro arrastrando como un gusano sus latas oxidadas desde el fondo de la carretera dejando detrás el olor a petróleo semiácido y a modo de cola un gran nubarrón negro. Era el mismo automóvil ómnibus que inaugurara la línea, el mismo conductor. Nerea levantó la mano derecha y el saludo fue recíproco. Con la mirada fue trazando círculos alrededor de los dos álamos más gordos de la acera donde de jovencita grabara a navaja su nombre y el de algún novio rubricados con un gran corazón, con gran amor, con gran arrogancia, y seguridad, -de pequeños hacemos tantas cosas...- y no halló sino la corteza mugrienta y descolorida.