viernes, noviembre 10, 2006
San Valerio
Al fin Nerea decidió bajar a la calle y por las escaleras interiores de la lujosa casa fijó su vista en el reloj viejo de pared que el anciano Harben había traído de Suiza expresamente para su abuelo. Las agujas marcaban el medio día con una obstinada precisión; no se inmutó, sabía que el reloj llevaba así mucho tiempo, indicando la misma hora desde que un día decidió pararse para siempre, pero se le encogió el estómago al recordar los años de su infancia escuchando una a una las campanadas estridentes cuando el mazo golpeaba con dura saña el disco de latón a cada hora. El día que su madre le pegó, tenía cinco años y se colgó de las cadenas de la cuerda y con la pieza en forma de piña del final rompió el cristal. O aquel otro que le puso un chicle de fresa entre las agujas porque se sentía mal y no quería ir a la escuela; mas uno a uno los pensamientos, como los escalones iban quedando tras de ella. Sin demasiado afán descendió al vestíbulo, abrió la puerta y contempló la calle de derecha a izquierda y de siniestra a diestra con ligeros movimientos de cabeza que le produjeron cierto dolor en el cuello. La avenida estaba despejada, aún era temprano. El autobús solitario de las seis de la mañana avanzaba siniestro arrastrando como un gusano sus latas oxidadas desde el fondo de la carretera dejando detrás el olor a petróleo semiácido y a modo de cola un gran nubarrón negro. Era el mismo automóvil ómnibus que inaugurara la línea, el mismo conductor. Nerea levantó la mano derecha y el saludo fue recíproco. Con la mirada fue trazando círculos alrededor de los dos álamos más gordos de la acera donde de jovencita grabara a navaja su nombre y el de algún novio rubricados con un gran corazón, con gran amor, con gran arrogancia, y seguridad, -de pequeños hacemos tantas cosas...- y no halló sino la corteza mugrienta y descolorida.
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