los amaneceres de fin de agosto
todavía prótasis, en la memoria,
junto al claro río. ¡Eran tan hermosos!
Como tú, la hija promiscua de Dafnis,
las villanas del sayón lupanar.
De la eterna unión prolijas prónubas
aún en la vacilante pubertad.
No retornarás más a la inocencia,
sin remedio, prontamente perdida
mimando a los miserables corruptos
con amapolas y llantos de niña.
La insaciable Friné bajó del trono
y abriendo la mano te dijo: “Ven”.
Era cual eco profundo y sensual,
la excusa del añorado vergel.
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