Joven india cantaba
dulce yaraví endecha.
Los indios la escuchaban
y lloraban de pena.
- “Te has ido, amado, pronto
a la fronda siniestra
para traer a tu amada
unas blancas dicentras.
Contigo, amado, llévame,
llévame a do te encuentras.
Mi vida dejaré,
te hallaré donde quieras.
Me hablaste de amor
y de cuan hermoso era
pero has dejado sólo
pena en mi alma doncella.
Vuelve de la espesura,
vuelve, amado, regresa.
Olvídate la Hénides
que no existen de veras.
¡Te ha matado el puma
negro de la siniestra
cerca del guayacán
donde viven las fieras!
El zahorí me contó
en la chabola vieja
como hablaste mi nombre
al ver la muerte cerca.
Me traías flores blancas
cuan mi blanca inocencia.
Traías dulces cantares
y sólo muerte llega”.
Así, la india cantaba,
melosa y plañidera,
amargo yaraví
mirando a las estrellas.
El viento iba y llevaba
al contorno sus quejas,
repitiendo los llantos,
las solemnes promesas.
- “Amado, te me has muerto
y aquí virgen me dejas
con la triste amargura
de mi blanca inocencia.
Contigo, amado, llévame,
llévame a do te encuentras,
sea corriendo en el monte
o en negra fosa muerta”.

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