Tres minutos, tres,
tres solos bastaron.
Sólo tres y al cabo
se fue.
Empuñó el fusil
y gritó “ramera”
cuando sintió cerca
su fin.
Tres minutos, tres,
de lenta agonía
por una maldita
mujer.
Empuñó el fusil
ciego por la rabia.
Él sólo deseaba
morir.
Tres minutos, tres,
soñando placeres,
su vida y su muerte
también.
Empuñó el fusil
al verla abrazada
con el que ella amaba
feliz.
Tres minutos, tres,
minutos aciagos.
No le había gustado
perder.
Empuñó el fusil
y disparó al pecho.
Sangre cayó al suelo
carmín.
Tres minutos, tres,
por toda una vida,
por una maldita
mujer.

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